Esta historia la contó alguien como tú
Esta historia me la contó alguien como tú, que estás leyendo esto quizá desde otro país, quizá
pensando en tu primera noche en Amnesia, o recordando una que nunca terminaste de entender
del todo.
No me dijo su nombre, pero tampoco hacía falta.
Me dijo que no recordaba la hora exacta a la que llegó. Que solo se acordaba del camino, del
coche levantando polvo y de la conversación apagándose poco a poco, como si todos supieran
que ya no había mucho más que decir. Al bajar notó algo raro en el cuerpo. No nervios, más bien
una especie de expectativa, esa sensación de saber que no vas a controlar del todo lo que viene.
Entró sin pensar demasiado. Nadie le explicó nada, nadie le pidió que fuera de ninguna manera
concreta, y eso sin saber muy bien por qué, le tranquilizó.
Al principio miró. Buscó referencias, intentó entender dónde estaba, qué estaba pasando, cómo
se suponía que había que estar ahí dentro. Duró poco. La música no entró por los oídos, entró
por el pecho, y cuando se dio cuenta ya estaba bailando. No porque lo hubiera decidido, sino
porque el cuerpo iba por delante.
Recuerda manos, un abanico pasando de alguien que no conocía a alguien que no volvió a ver,
una espalda sudada contra la suya, una mirada breve pero suficiente. No sabe cuándo perdió a
la gente con la que entró ni recuerda haberlo decidido. En Amnesia, perderse no se vive como
un error: siempre hay alguien cerca, siempre hay un ritmo que te sostiene.
Me dijo que en algún momento se dio cuenta de algo importante: nadie estaba actuando, nadie
estaba interpretando nada para nadie. La gente estaba allí para lo mismo, aunque cada uno lo
viviera a su manera.
Pasó de la Main a la Terraza casi sin darse cuenta, como si el cuerpo supiera antes que él que
necesitaba otro aire, otro pulso, otro tipo de luz. La noche no se fragmentaba, se transformaba.
Cerró los ojos más de una vez, no para concentrarse sino para dejar de hacerlo, y durante un
rato, no sabría decir cuánto, el tiempo dejó de tener demasiado sentido.
La noche avanzó sin avisar. A ratos parecía que acababa de empezar, a ratos parecía que
llevaba ahí toda la vida. Recuerda cansancio, recuerda pensar “ya está”, recuerda seguir
bailando.
Salió fuera y era casi de día. Eso sí lo recuerda bien.
Ya con la luz encima, metió la mano en el bolsillo y encontró algo: una pegatina, un resto de
merchandising, un pequeño objeto sin valor real que acabó funcionando como un amuleto
improvisado. No sabía cuándo lo había cogido ni por qué lo llevaba ahí, pero le hizo gracia
pensar que era una prueba silenciosa de que había estado dentro.
Cuando todo terminó, no supo explicar exactamente qué había pasado. No tenía una historia
clara que contar y había detalles que no recordaba con precisión. Lo que sí tenía claro era otra
cosa: había entrado en un lugar que ya estaba vivo antes de él, había bailado donde otros
habían bailado antes y, durante unas horas, había formado parte de algo que no empezó con él
y que no terminó cuando salió.
No salió con la sensación de haber vivido algo único, sino con la certeza de haber participado en
algo compartido. Entendió que Amnesia no es una experiencia que se pueda poseer: es algo que
te atraviesa, te deja marca y sigue su camino contigo o sin ti.
Por eso, cuando piensa en volver, no piensa en repetir una noche.
Piensa en volver a entrar.
Si estás leyendo esto antes de tu primera vez, no intentes entenderlo todo. No hace falta. Hay
lugares que no están hechos para explicarse. Están hechos para continuar.